El recuerdo más
nítido que tengo de él, es que no le gustaba trabajar. Ni un poquito.
La historia de Jorge Alberto
Nilavé, marcó, sin duda, un antes y un después, en el deporte local. Su físico
espigado, brazos largos, cara estirada, manos enormes, orejas peludas y unos
ojos tan caídos como la credibilidad de Buysán. A pesar de todo, era una muy
buena persona, padre de familia, con valores de barrio. Querido por compañeros
y adversarios. Un caballero.
Empezó a jugar en la década del
70`. Comenzó como zaguero central y terminó como zaguero central, rústico,
feroz, valiente, líder nato. No había rival que no lo temiese, en su primera
temporada rompió tres brazos, seis clavículas y nueve caballetes. Recibió una
sola tarjeta roja en su carrera. Era tanto el respeto que generaba, que el
árbitro, ese día, le pidió disculpas.
Su cuadro, el Pincel de Trazo
Grueso F.C, era el más popular del departamento, con un promedio de 248,5
personas por match, en una cuidad de 45 habitantes eso era admirable. Nilavé no
le tenía miedo a nada, salvo a una cosa, trabajar. No le gustaba el trabajo,
era su peor pesadilla; menos con horarios establecidos, era el diablo, una
maldición, algo espantoso, algo nefasto, algo contigo.
En su primer y único trabajo, si
se puede llamar así, duró quince minutos, había conseguido, mediante un
conocido, un puestito en la intendencia, en Atención al Cliente. Los primeros
diez minutos aguantó bien, pero su primera cliente a atender era una mujer
vieja, gorda, con bigote y muy pero muy quejosa, que reclamaba con euforia,
como podía ser que los perros de la cuadra ladren tanto.
Nada le venía bien a la doña,
Jorge aguantó cuatro minutos reloj, hasta que le pegó una trompada que le
partió los lentes de aumento a la señora, toda la intendencia quedó muda. Hubo
que separarlo entre cinco guardias, le pegó por todos lados, la dejó hecha
paté. La cara de loco que tenía, dejaba al “Cacique” Medina como un tipo
centrado. De Jorge no se supo nunca más nada, para unos por temor, para otros
por respeto.
