martes, 5 de febrero de 2013

Cuatro minutos reloj


           El recuerdo más nítido que tengo de él, es que no le gustaba trabajar. Ni un poquito.

La historia de Jorge Alberto Nilavé, marcó, sin duda, un antes y un después, en el deporte local. Su físico espigado, brazos largos, cara estirada, manos enormes, orejas peludas y unos ojos tan caídos como la credibilidad de Buysán. A pesar de todo, era una muy buena persona, padre de familia, con valores de barrio. Querido por compañeros y adversarios. Un caballero.

Empezó a jugar en la década del 70`. Comenzó como zaguero central y terminó como zaguero central, rústico, feroz, valiente, líder nato. No había rival que no lo temiese, en su primera temporada rompió tres brazos, seis clavículas y nueve caballetes. Recibió una sola tarjeta roja en su carrera. Era tanto el respeto que generaba, que el árbitro, ese día, le pidió disculpas.

Su cuadro, el Pincel de Trazo Grueso F.C, era el más popular del departamento, con un promedio de 248,5 personas por match, en una cuidad de 45 habitantes eso era admirable. Nilavé no le tenía miedo a nada, salvo a una cosa, trabajar. No le gustaba el trabajo, era su peor pesadilla; menos con horarios establecidos, era el diablo, una maldición, algo espantoso, algo nefasto, algo contigo.

En su primer y único trabajo, si se puede llamar así, duró quince minutos, había conseguido, mediante un conocido, un puestito en la intendencia, en Atención al Cliente. Los primeros diez minutos aguantó bien, pero su primera cliente a atender era una mujer vieja, gorda, con bigote y muy pero muy quejosa, que reclamaba con euforia, como podía ser que los perros de la cuadra ladren tanto.

Nada le venía bien a la doña, Jorge aguantó cuatro minutos reloj, hasta que le pegó una trompada que le partió los lentes de aumento a la señora, toda la intendencia quedó muda. Hubo que separarlo entre cinco guardias, le pegó por todos lados, la dejó hecha paté. La cara de loco que tenía, dejaba al “Cacique” Medina como un tipo centrado. De Jorge no se supo nunca más nada, para unos por temor, para otros por respeto.